La simulación se ha integrado de manera significativa a los procesos de enseñanza y aprendizaje en ciencias de la salud y medicina durante los últimos años, como parte de los procesos de innovación curricular tendientes a dinamizar las practicas educativas y a posibilitar el desarrollo de competencias en ambientes seguros tanto para estudiantes como para pacientes (1). Esta se ha constituido como una alternativa de solución a las limitantes de la educación tradicional en el desarrollo de capacidades transversales genéricas y específicas, mediante la práctica repetitiva y la retroalimentación (2,3). La simulación clínica permite que el estudiante se sitúe en un escenario que imita la realidad, al representar problemas o situaciones que pueden experimentarse en la práctica clínica (4). Se posibilita la réplica de casos frecuentes o no en el ejercicio profesional, y desde un enfoque interactivo se desarrollan procesos de evaluación y realimentación (1,5). (Tomano del poster)